Monterrey tiene una relación particular con el buen cine. No la relación ansiosa de las grandes capitales, donde los estrenos compiten a codazos por la atención de una prensa siempre apresurada, sino algo más parecido a la curiosidad genuina: la de una ciudad que sabe mirar y que, desde hace dieciocho años, tiene en el Festival Ternium de Cine Latinoamericano su cita más esperada con el cine de la región.
Dieciocho ediciones son muchas cosas al mismo tiempo. Son dieciocho años de apuestas, de películas que llegaron antes de que nadie las conociera, de directores que dialogaron con el público regiomontano como si ese intercambio fuera parte esencial de la película misma. Son también dieciocho años de demostrar que el cine latinoamericano no necesita subtítulos emocionales: habla directamente, con una urgencia y una belleza que pocas cinematografías del mundo pueden igualar.
El festival